3 de mayo de 2010

Historia de dos.[7]

La sorpresa, el viaje, el momento, los besos, los abrazos, los anocheceres por las calles de Florencia, el soldadito marinero que cantaron juntos, las sonrisas, los mil latidos en el corazon de cada uno, las noches de hotel, las duchas, las risas, las fotos, aquel hotel en el que rompieron la cama porque Adrienne saltó como una niña pequeña, el siguiente hotel en Venecia donde James llevó a la playa a la chica y donde por un camino de velas la guió hasta la orilla, la foto en la fontana, y el candado en el puente Milvio.
Todos y cada uno de esos recuerdos recorrian de pies a cabeza al chico que tocaba la guitarra, en medio del puente Vecchio, sin saber bien porqué. Y sabía que a la chica que andaba descalza por la playa de Venecia estaba pensando lo mismo. Estaban pensando y sus corazones latiendo en la misma frecuencia, porque latian por lo mismo, por..
..amor.
de una chispita de esos ojos verdes
nació algo así como una amistad, que parecía grande y duradera.
Los ojos de ella, chiquitillos, y achinados cada vez que le veía, marrones y verdes a la vez
era esa extrañeza lo que le gustaba tanto de ella, creía eso.
Lo bonito del asunto es que... no sabían que sentian, simplemente lo hacían.
No querían aprender, quizá por eso, y por más cosas, el amor y la amistad que les unía y destilaban era tan grande que nada lo rompía.

Lo que da de sí la fotografía.

-Mi camara es mil veces mejor, y lo sabes.
-Jajá -Ani rió fuerte, con ganas, para que se notara ese tono de ironía, que pocas veces sacaba (casi siempre con él)- Claro, claro que lo es.
Hoy no tenía ganas de discutir. Tenía ganas de sacarle la lengua y echar a correr. Oh, si. Eso sería maravilloso. Pensar que son -casi- desconocidos. Pero, ¿y qué? Les gusta hablar al uno con el otro, ¿no?
-No me des la razón como a los tontos, bicho azul.
-Siempre estás empeñado en que discutamos, ¿no? Jajá -volvió a reir de la misma forma, ya que a ella también le gustaba discutir. Pero siempre discusiones sanas, nada de mal rollo- Hoy no tengo ganas.
Después de unos pucheros de él, una sonrisa de los dos, y una lengua de ella, se tiraron en el cesped.
Como enanos, pero sonriendo.

Y sin dudar, te sigo hasta el metro, Tribunal hasta el aeropuerto para ver, tumbados en el suelo, despegar un avión en el cielo.